domingo, 22 de noviembre de 2009

SEGUNDA ENTREGA

Aqui está la segunda entrega:
LA GUERRA DEL GOLFO
(Capítulo II, Los Rosarios)


Rodeando la iglesia estaba el cementerio. Todo el atrio jalonado por tumbas.
Pablo se preguntaba por qué los celtas, tenían esa manía de enterrar a sus muertos alrededor de las iglesias. "Será -pensaba- para que no se escapen” ¡Ja, ja! ¿Alguno tendría pelotillas para salir andando después de muerto...? ¡Bah...él no sabía de nadie!

La peculiaridad de estas instalaciones, daba para mucho en la mente del rapaz. Al ser muy frecuentadas por todo el grupo de jóvenes y adolescentes, tanto del cuartel como de la granja (en el pueblo había poquitos) Pablo, no perdía cada oportunidad que se le brindaba para hacer de las suyas.
Al otro lado de uno de los muros del cementerio, se hallaba la casa del cura. Y cuando pensaba en el campo de la fiesta, se le ocurría siempre lo mismo: Allí, muy cerquita del cura; de la guardia civil y de los muertos, impertérritos en sus yacimientos. Para que los jóvenes que acudían a la fiesta, bien vigilados, no se entregasen a otras actividades... ¡Cualquiera se salía de la fiesta!
El cementerio, daba miedo; el cura con los visillos abiertos, como si fuera "El ojo de Dios"; y, casi a la entrada del camino, se instalaba el pendello de las viandas y bebidas... ¡para que los guardias no se movieran de él!
¡No quedaba más remedio que bailar, bailar, y bailar!
Y desde luego, que los mozos iban bien pertrechados. Llevaban su paraguas (no sabía por qué, en Galicia llovía en todas las fiestas) colgado en el cuello de las chaquetas. Hacia la espalda, como era natural. Y si empezaba a llover, en una maniobra digna de prestidigitador, los abrían sin dejar el ritmo, ni de agarrar a su pareja.
¡Aaayyyy... aquellas fiestas, sí, que eran populares!

Bueno... sin necesidad que llegara la fiesta, aquella zona, estaba muy visitada por ellos. Ya fuera para acudir a los actos religiosos, como misas de domingos y fiestas de guardar; los rosarios, todos los dias; a ornamentar y preparar la capilla determinadamente, o, ayudar al párroco a cortar las hierbas, que sin permiso, nacían por todas partes. Y más, entre lápidas y panteones. Que decían, era por el abono. ¡Que tétricos!
Todo ello con la mejor jovialidad posible, convirtiéndose, en una de las pocas atracciones del entorno. La habitualidad, no depreciaba en absoluto el divertimento de reunirse.

* * *

Por introducida costumbre, llegando a convertirse en forma de vida, todas las tardes había un rosario. La campana, avisaba con un solo toque. A saber: varios badajazos seguidos, y se acabó.
Para la misa era diferente. Los toques se convertían en tres, con uno, dos, o tres, aldabonazos finales, con intervalo de diez minutos aproximadamente. Y aquí, entraba la imaginativa de Pablo: <<¡Claro!, para la misa, tiene que dar más tiempo; con más tiempo, más gente.... como pasa la bandeja>> ¿El rosario?... ¡era mero trámite!
Si en alguna otra ocasión que no fuera las misas de domingos o festivos, decidía pasar la escudilla, argüía los motivos más esperpénticos que se puedan imaginar....seguir leyendo

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