sábado, 14 de febrero de 2009

Una de publicidad

Porque me apetece hacerme publicidad; porque me ha gustado como quedó este artículo, lo transcribo aquí para hacer apología del título de este blog. (Magnífico blog, por cierto) jejeje...de modesto no tengo nada eh?
Curiosas expresiones, y curiosidades que a lo peor nos estamos perdiendo. Porque es bonito viajar a otros paises, y me apunto, pero a veces tengo que reconocer, que miramos más hacia fuera que hacia dentro. Porque hasta hace muy poco no descubrí la Alcarria, por ejemplo, y me sentí avergonzado de pensar en Manhattan, sin tener nada que contarle a los neoyorquinos. O newyorkinos, como prefieran ustedes. Porque mira que hay cosas que contar de la Alcarria ¿eh?
(Saldrá publicado con fecha 14 de Febrero,día de San Valentín, y aprovecho para felicitar a todos los enamorados, incluso a mi)
Hoy, hablamos de la tierra
Deberíamos decir TIERRA, con mayúsculas. Y no es que el deseo de este artículo sea hablar del globo que nos acoge, sino de la tierra española. Sin ofensas ni tiquismiquis, que es de eso de lo que trata esta página: Turismo de España.
Turismo que sin ella, existiría en otro sitio. Pero claro, como es evidente, ahora, hoy, y en el futuro, este es el turismo que interesa a España: el suyo.
España es un país preferentemente turístico, para hacer de ello una de sus principales fuentes de ingresos.
La cantidad de kilómetros de costa, igual que sus rincones rurales, ciudades, pueblos y villas, o simplemente parajes, hacen que este país se convierta en una “ilusión” de otros pueblos con afán de viajes y aventuras. Además de tomar el sol, que de eso tenemos bastante.
Añadida la página de historia que pesa como una losa de descomunal tamaño -en el mejor sentido de la palabra- consigue ser apetecida la visita de españoles y foráneos, de una forma casi imposible de evitar.
Y, la hospitalidad de sus gentes,
por allá donde se viaje, aún lo hace más apetitoso. La variadísima gastronomía; el calor de sus caldos (léase vinos) y su riqueza de paladar; sus playas y sus pescados, o, sus montes y la caza, no disminuyen en absoluto la importancia del enorme patrimonio de flora y fauna.
Paisajes de ensueño, que sus habitantes consiguen engrandecer aún más, con sus festejos y celebraciones. En las que nunca, nunca, dudan ni escatiman llamamientos a diestro y siniestro. “El invitado” es principal en cualquier fiesta lugareña, y sin ellos no sería fiesta.
En el capítulo de montaña, nos alumbran como mechas perennes y siempre vivas, sierras, cordilleras y cadenas; Pirineos, Ronda, Grazalema, Urbión, Moncayo o Albarracín ¡que se yo! si por nombrar me dejo Aneto o Teide, para ofrecernos una amplísima muestra de la naturaleza más abigarrada y multiforme.
Pues en gran parte de estos montes, existen valles que ven la luz del sol, y comienzan a explotar vidas por caminos y veredas, en un arranque de colores y acordes celestiales. Es una verdadera maravilla ver, como en Benasque, por ejemplo, crecen todas esas variedades de flores y plantas, tapadas y quemadas por las fuertes nieves -o quien sabe, quizá conservadas- y resurgiendo como el Fenix al llegar la primavera.
Esa estación que todo lo convierte en existencia; dormidos o muertos troncos, no importa, vuelven a adorar al sol.
¿Las costas? Unos dicen que 4000 kilómetros, otros que 7000 (estimaciones aproximadas) pero nosotros no vamos a entrar en la discusión. Y si, conocemos los calificativos de varias porciones de costa, que pueden llamarse De la Luz, Del Sol, Del Maresme, Brava, Blanca, Da Morte (que no se porqué le ponen este nombre, con lo bellísima que es) y algunas más, a las que sumaremos las Costas Baleares y las Canarias. Que también son de España.
Playas largas, cortas y recogiditas, de arenas rubias, blancas u oscuras, que más da, con las temperaturas que se sostienen la mayor parte del año, hacen que sea una delicia desde abril, incluso antes en algunas ocasiones, hasta bien entrado septiembre. ¿Alguien da más? Pues si lo encuentran por aquí por el hemisferio norte, me lo dicen.
Cae la tarde, el sol se resiste a abandonar su sitio a la luna, y la vida da vueltas en los paseos. Los veraneantes comienzan a dejarse ver después de la relajante ducha, y entonces… viene el aroma de brea y sal, mezclado con el vaho de piel y perfume, que incitan al asiento en cualquier terraza, para aspirar la belleza y el color de la intrigante noche.
¿No apetece?
Habría que estar muerto, con dos metros cúbicos de tierra encima, para no disfrutar lo que tenemos en esta vida.
Es la tierra, que lleva a la tierra. Pero antes ¡ay de aquél, que no sepa saborearla!
Castrodorrey