martes, 21 de junio de 2011

Carlos Ferrando y Carmina... el encuentro


De cuando Carlos Ferrando, quiso disculparse con Carmen Ordoñez....

Una de las tardes que declinaron pesca por dominó, en casa del amigo trianero, Rafa, sonó el móvil de Romualdo.


Por la manera de hablar de él, enseguida se dieron cuenta de quien estaba al otro lado: Indiscutiblemente, ¡mujer! Le importaba un pimiento que su pareja estuviese presente, para no perder ni un solo segundo en alimentar su enorme ego.
-¿Cómo le permites que hable así? -Preguntó Pablo, dirigiéndose a Lili- ¡Delante de ti, y dándoselas de macho!... ¿Será engreído?
-¡No te preocupes Pablus... es un tontorrón! -Contestó ella señalándose- ¡Al final, siempre muere aquí! ¿No ves, que la nena vale mucho?

La "polvorilla" hacía claros gestos, que no dejaban lugar a dudas. Ni que decir tiene que Pablo, mirándola detenidamente, entendía a la perfección lo que ella trataba de explicar. Era una mujer de cuerpo entero, como solía decirse; y en ocasiones se preguntaba el porqué, permitió que Romi interfiriese.
Era la primera vez que le ocurría, que gustándole tanto una mujer, no intentase haber mantenido otro tipo de relación. A riesgo de parecer un tanto sátiro, imaginaba como sería el sexo con la guapa madrileña.
Lo que se veía en las películas, por una mano, estaba sucediéndole a él. Chico y chica que se conocen; se atraen muchísimo; realmente existe química entre ellos; y, además, se divierten juntos como nadie, cruzándose el tercer amigo guaperas que lo estropea todo.

Claro que, por aquel tiempo, Pablo estaba ocupadísimo.

-¡Hermanito! -soltó el otro, sin darse por enterado- ¿Quieres acompañarme?... Mi amiga Carmina, reclama mi presencia.
¡Que petulante era! Pablo le miraba, sin saber qué hacer con él...
-Pues entonces... ¡vete raudo y veloz, capullo!
-¡Anda, vente! ¡Que me ha preguntado por ti! -Ahora le doraba la píldora, otra vez. ¡Si lo conocería él...!
-¿Y a mi, que me importa?
-¡Vete tu con él, porfa! -Terció Liliana- ¡Con eso le vigilas por mí, que no tengo ganas de moverme!
-¡Bueno, si tu me lo pides...!

No es que se ajustara la realidad, con las palabras que decía, y, teniendo en cuenta siempre, las claves de buena relación que atesoraban. A Pablo le iba la marcha de Romi, porque su cariño hacia él era superior a cualquier actitud más o menos egocéntrica. Lo cierto era que se apreciaban de veras, y siempre se tuvieron cuando lo necesitaron. Bromas aparte.

Añadiendo que deseaba salir a tomar el aire, y darse una vueltecita por la ciudad. Los alargados y voluntarios encierros, alguna mella, sí que hacían.

-¡Tened cuidadito! -Dijo Lili besándoles a ambos- ¡Yo cuidaré del abuelete!

Esto último lo dijo refiriéndose a Rafa (el casero de la timba) que tras haber poseído una de las mejores salas de fiestas de la ciudad, atravesaba un lapsus de ruina financiera. Pasaba por eso que llaman depresión económica, viéndose afectado paralelamente, en espíritu. ¡Estaba jodido! que diría Pablo, por no decir con una depre elefantina.

En el camino, Romi le explicaba los pormenores de la llamada. Según Carmina, estaba en compañía de unos amigos, y deseaba hacerles un homenaje a todos y cada uno.

La cita, en un afamado restaurante cercano a Los Jardines de Murillo.

Allí, entre la parva concurrencia de la terraza, a esas horas de la tarde, efectivamente estaba Carmen. Acompañada por un periodista televisivo; un fotógrafo; una señora que presentó como su secretaria; y, ¿cómo no?, el joven que había conocido en el Pub de "los niños". De modo que con la llegada de ellos dos, se convirtieron en seis personas.
Seis personas, seis; que, tras los pertinentes protocolos, se acomodaron alrededor de una mesa de aluminio, para disponerse a pasar un buen rato. Media docena de ejemplares, de lo más dispar y variopinto, que reclamaban la atención de casi todos los poquitos seres humanos que pasaban por la zona. Eran las seis de la tarde, y tanto hora como temperatura, -y número de asistentes- invitaba a pensar en toros. Esta vez, con doble de terna, ya que, no siempre el dígito seis, ha de referirse a morlacos.

Era curioso como en Sevilla, sin igual en ninguna otra ciudad de las que conocía, determinados momentos, ambiente y lugares, le inclinaban constantemente a la fiesta taurina. Algo de toros se respiraba en el aire, cuando se imaginaba aflojar "El Lorenzo", y se soñaba con los clarines.
Porque cierto era, que ni el sol dejaba de calentar, -¡maldito!- ni los clarines se podían oír todas las tardes.

Sus intenciones, en un principio, eran marcharse de allí cuanto antes. No le interesaba, en absoluto, salir en ninguna fotografía. (En eso se parecía a Antonio "el cordobés")
Pero el cariz que tomaba la reunión, unido a la cortesía de la anfitriona, le apeteció encontrarse a gusto. ¡Que caramba! No perdía nada, por oír a aquel famoso reportero, despacharse a su antojo entre "moldes y monroys, sonias, mares y flores".

Y... ¡de verdad que los comentarios, no tenían el más mínimo desperdicio!

Trasegaba una botella de licor para el solito, chupando con fruición un enorme veguero, mientras los demás, ya sin miramientos, se daban al deleite de la sofisticada copa larga.
Muy conocido en la pequeña pantalla, el periodista, se desgastaba en congraciarse con su generosa interlocutora, derrochando disculpas. El motivo no era otro, -según decía- que unos dias antes en un programa de televisión, la había instigado en grado extremo. Movido, eso sí, por la orden directa de su máximo responsable.

-¡De verdad, que yo no te conocía! -Decía elocuente- Cuando el aquel -aquí pronunció el nombre del famosísimo director del programa- me dijo que fuera a por ti, hasta que confesaras que los moretones de las fotos, no eran de una caida en la bañera, salí dispuesto a ello. Te había tomado por una mujer frívola, al mismo tiempo, que esperabas una exclusiva para confesar los malos tratos; y, cuando te miré a la cara, me di cuenta que eras todo lo contrario. Capté enseguida tu sensibilidad... ¡Tonto de mí!... Pero ¡te juro por lo más sagrado, que me arrepentí al instante! ¡De verdad -se repetía como una fritada de pimientos- te digo, que no te conocía! ¡Me arrepentí, de veras!

Aquel hombre era una moto. Hablaba y hablaba sin parar, y bebía y bebía con apenas pausa. Si no fuera porqué, se diría que estaba flipando. ¡Menos mal, que Pablo conocía aquellos síntomas!

-Pues nada... -pudo añadir la divina, aprovechando un sístole- ahora ya hemos hablado, y espero que sea para sellar una amistad. Aquel dia, me sentí fatal... pero ya pasó.

Una cosa le estaba quedando clara a Pablo; y era, la enorme generosidad de aquella mujer. Él, solía ver el citado programa esporádicamente, y discernía las carnazas que se podían llevar a cabo en el conocido plató. Por lo tanto, aunque en esta edición que hablaban no estaba al corriente, no le extrañaba en absoluto todo lo que soltó por la boquita el popular periodista.

Pintado para inquirir, -a veces grotesco, otras desconsiderado, y las más, esperpéntico- y ella, que le tocó el vilipendio, diseñada para persona sin prejuicios. Un clásico del dichoso espectáculo en alusión.

¡Nada que objetar! No pondría en duda, ni un retazo de lo que allí se habló.

Y le quedaba también clarísimo, que Carmen Ordóñez era una persona con ausencia de malicia. Sus palabras, sus gestos, sus miradas, charlaban de total indefensión ante los viles. Y, además, indiferencia.

¡A saber, lo que cualquier mal nacido, frio y calculador, podría conseguir de ella!

Pablo, como siempre, pensando en Quijote.

Debido a su enorme experiencia en el trato con las personas, de cualquier clase, captaba fácilmente la sinceridad y la hipocresía. De todo lo que allí se habló, sacaba sus propias conclusiones, que no distaban en diferencia con las convicciones que ya tenía formadas.

Se barajaron una cantidad de nombres, que llenarían la cercana fuente de "La Pasarela", desbordándose por todo "El Prao". (Muy cerquita de los juzgados, por cierto)

Se despachó a gusto, el del pelo corto y oxigenado… Ya no trabajaba en aquel programa, por diferencias con su director… Y su carrera, nadie la podría poner en tela de juicio… Jefe de prensa de las dos folclóricas por excelencia, y queridísimo por ambas… Las informaciones que valían más dinero, estaban en los cajones para protección de "los intocables" -eso ya lo sabía Pablo- … Sabía cosas de todo el mundo, que nunca contaría… -eso, también le pasaba a Pablo, y no cobraba por periodista- … Que ¡cómo las chupa fulanita!... y por cuanto se lo hacía zutanita...

Y, además: “El guardia ratero, amenazaba con publicar un affaire sexual con Su reluciente suegro” “Lola Flores, se tiraba a todo lo que se movía, sin importar sexo” “Rocío Jurado, tenía más para callar, que podía decir en todo lo que le restaba de vida” “Sardá, achuchaba a los colaboradores, como si fueran perros sobre presas. Era un producto de televisión, sin ningún sentimiento!” “Ésta, la chupaba por treinta mil” “La otra, pretendía cobrar más, y lo hacía peor”

¡Que barbaridad! Ni Sonias ni Moldes, quedaron en pié en aquella cháchara.

Pero la verdad era, que si aquello caía en un grupo de personas poco acostumbradas a la vida de la farándula, se podrían causar estragos. Muchísimas almas, inocentes de todo lo que se cuece por y para el dinero, más la fama, siguen creyendo en que sus ídolos mediáticos son semidioses. Y aún piensan que algunos de quienes hacen televisión, y en general los personajes públicos, son incorruptibles. ¡Qué lástima!...

¡Bueno... habrá excepciones y programaciones serias! (Aunque sean de humor, pues esta seriedad, se refiere a todos los parámetros)

Detrás de todo cartel, se escondían mugres de carácter nauseabundo. Pablo conocía ...seguir leyendo

sábado, 18 de junio de 2011

El Real... año sabático


El Real, un pub de Sevilla, sitio donde se reunía al completo la farándula, y lugar que conoció muy bien nuestro protagonista.
Aquí os dejo una pequeña entrega...

Le ofrecieron volver al pub donde había trabajado con anterioridad, en uno de los baches de su matrimonio con Trini. Con el dueño, aún le unía una buena amistad.


El local, famosísimo por aquel entonces, reunía por una parte, a gentes de todo tipo. Y por la otra, a personajes del papel cuché, que acudían en busca de diversiones y "otras cosas".

La década de final de siglo -y de sí misma- hacía debatirse a los noctámbulos, entre tolvanera (de drogas) y despendole (en general). Como si se fuera a acabar el mundo.

En Sevilla, ciudad que era el centro de su vida, la perfumada Dama de Noche -sin dejar de existir- había dado paso a la otra dama: "La Gran Dama Blanca".

Los canutos, para los nuevos cocainómanos, habían quedado obsoletos. Radicales ellos, esgrimían que fumar pitillos, era arcaico.

¡Pobres estúpidos! ¿Cómo se podía borrar de un solo golpe, tantos años de iniciación en los rituales de la droga?

Era absurdo llegar a la cocaína con treinta y muchos años, y no darle su lugar al "porrito". ¿Qué pasaba? ¿Qué habían llegado a la azotea, sin subir las escaleras?

Análogo de inconsecuencia sería, llegar a la democracia con cuarenta, sin contar lo bien que se lo pasaba uno, transgrediendo todas las normas totalitarias e irracionales.

Y ¡muy bien!, aquellos, que no tuvieran nada que contar. Cada uno, es cada uno. Pero el esnobismo.... ¡puafff!. ¡Huele fatal!


De modo que los rituales habían cambiado. La parafernalia del quemado del chocolate, el librillo de papel, y los mecheros pitilleros, habían quedado atrás, para dar paso a los espejos, tarjetas de crédito, y el reciclaje de los cupones de la once, que desde aquello, siempre terminaban en rulo. En su defecto, cualquier superficie seca y plana, no porosa, y el uso de navajas para trabajar el material. Y cualquier cosa cilíndrica con espacio interior, que cupiese por la nariz.

-¿Sabes en que ha terminado el cupón?-solía decir Ángel- ¡En rulo!-se contestaba a sí mismo.

-¿El cupón? -decía Pablo, algo más sutil- ¡Termina en ón... como siempre!

Y Pablo se daba cuenta, cuántas fortunas y libertades, acompañadas de algún que otro hígado y salteados cerebros, se llevaría por delante la puñetera "Dama Blanca".

Y tampoco le faltaba razón cuando decía que estaba inmunizado, porque en su momento, dejó todo aquello sin ningún trauma, o dependencia de cualquier tipo.

                                                                              * * *

Pero antes, debía pasar algún tiempo, navegando entre un "me da lo mismo" y "¿a mí que me importa?" Absoluta indiferencia de los pormenores, y total aprovechamiento de los buenos ratos.

Diversiones, sexo, alcohol y drogas. En el capítulo musical: el flamenco.

Sin hacer ascos al pop ni al rock. ¡No era cuestión de desperdiciar nada! ¡Había que vivir ese momento!

Por sus condiciones personales y de profesión, no fue nunca un camarero a la usanza. Hacía lo que le venía en gana, porque su capacidad, el dominio de las situaciones, y tener sus propios ayudantes, le permitía participar de las fiestas.

Sin perder el control de lo que se servía, se acomodaba como uno más y, ¡ala!; ¡a disfrutar!

Las juergas flamencas se sucedían de forma continua. Amante profundo de este arte, se dio el gustazo de ver y oír a los mejores. Disfrutar del privilegio que supone, estar en el sitio adecuado, en el momento oportuno.

Y en dicho capítulo, -el del disfrute- lo hizo del flamenco más grande que haya dado la historia: "El Changuito".

Flamenco y familia de flamencos, que para constancia, ahí quedan Angelita Vargas, hermana; Luis, casado con ella, y formando "los Biencasaos"; "La Parrandita", esposa de Chango y madre del "Potito", para cerrar el magnífico cuadro.

Enfermo, el pobre, por aquellas fechas, hasta que su hijo "el Potito" logró triunfar, y, como buen hijo también consiguió, sacar a su padre de la terrible plaga.

Que a pesar de haberle corroído las entrañas, nunca agotó su buen vestir, ni su porte de gitano con mucha clase. Su cara, en los momentos de mayor inspiración y entrega, por encima de cualquier mal, era la misma del cristo del Patrocinio. Algunos decían, que el artista que esculpió al "cachorro", había copiado en la cara de él. (Improbable, desde luego, por aquello del tiempo) Pero lo cierto es, que se parecía como una gota de agua a otra.

Parecía imposible que aquella guitarra, con sólo tres cuerdas en las más de ocasiones, pudiera sonar de esa manera. En sus manos, y su rajada y poderosa voz, hacían llorar con una solea.

Imprimía ganas de vivir, arrancándose por bulerías. Cuando rompía su voz, como nadie, rompía también, la tranquilidad de todos los bellos del cuerpo, de aquellos que le escuchaban. Y dando dos o tres pasos de baile por fiesta, dejaba sin ganas de ver otra cosa.

Como persona, para terminar de rematar tanta grandeza, ¡único!. Pedía, para conseguir unos billetes (de los coloraos) y quitarse las migrañas de la maldita enfermedad, siendo capaz al mismo tiempo, de compartir lo "cobrado", para que otro pudiese comerse un bocadillo, o, dejarle para un taxi.

Tan sencillo, que en los escasos momentos de lucidez, cuando Pablo le instaba a que difundiese su arte, demostraba lo grande que era por su tranquila humildad:

-Fu...fu....fui -se agarraba al hablar, el querido Chango- de..de..de.. los pri...primeros que fu... fueron a Japón, Pablito mío. Pe... pe...pero soy así. ¿Qué... que... que le voy a hacer?

Bendito hombre, que no daba importancia, a tanto como llevaba dentro. Porque viviendo tres calles más allá de Pablo, tuvo muchas ocasiones de verle y hablar con él, enfermo y sano, y seguía siendo el mismo.

-Algún dia, debería saberse quien es "el Chango", y que fuera reconocido por todo el mundo del flamenco.-Comentaba una tarde con Antonio "El Marsellés", que era otro de los grandes, y muy buen amigo.

No podía ser que un tio con tantísimo compás en sus venas, estuviese en el anonimato artístico. Un dia oyó a un señor, -autoridad de afición flamenca por demás- cómo le recriminaba por su actitud: "Chango -le decía- nunca te perdonaré, que nos hayas privado de verte triunfar en esto. Y si el mundo supiera de ti, tampoco te perdonaría".

¡Es que en esta tierra de María Santísima, -como decía su padre- no sabemos lo que tenemos! A lo mejor, es que no sabemos venderlo. ¿O es que hay tanto, que lo damos por normal?

Pero Pablo también pensaba, que podía ser, que el verdadero artista; genio de la bohemia y el cante, no diera ningún valor a cuanto encerraba en su arte. Por lo tanto, de los genios solo quedaría aprender. ¡No se puede criticar a un genio!

Pero por muchos pensamientos que tuviera, nada podría cambiar. Sólo disfrutarlo.

Y lo hacía, de lo lindo. Como el día que María Jiménez dejaba salir las mejores notas del "se acabó", en una reunión, acomodada en un saloncito VIP de aquel lugar.

O cuando escuchó y convivió unos cantes por lo bajo, con la inconmensurable Remedios Amaya, que por aquel entonces también andaba algo distraída. Amiga y acompañada de su compadre José Brenes, -que a su vez, era compadre de Camarón- se dejaba ver por aquellos lares muy a menudo.

Y también, cuando don Juan Peña "El Lebrijano", reunido con sus primos, se deleitaba en trasiegos apetecidísimos, y mejores catas. (Aunque los primos de éste, no eran bien recibidos por el dueño del local)

Entre esto y lo otro, aún quedaba tiempo para reírse con los chistes y anécdotas de Juanini, y su inseparable Pepito Gómez, última adquisición de los Marismeños.

Las ocurrencias y sentido del humor de Dani, ex de Ecos de las marismas, reconvertido en ilustre representante por la gracia de su saber.

El señorío y temple -en cualquier momento y lugar- del mejor torero de todos los tiempos, faraón de faraones, Curro Romero. A pesar de que por allí se prodigaba poco, siempre era un placer servirle un Beefeater con naranja.

El arte y las canciones de Curro y Antonio, (Antonio Díaz, íntimo de Carmen Ordóñez, y excelente persona) que no se cortaban a la hora de animar cualquier rato. ¡Vaya dos! Con su bendita canción de "Hay que pena, que yo no canto Macarena, y mi disco no se vende en Nueva York...", y su incombustible capacidad artística y gran cúmulo de anécdotas, alegraban a propios y extraños. Contando andanzas de por esos mundos de dios, de triunfos y sinsabores, y airosas salidas de situaciones imposibles, debido, al enorme ingenio de ambos. Resultaba difícil no apreciarles.

Pudo evaluar, que los mejores momentos de los artistas, no son en los escenarios. Estaba en ese reducido grupo, que puede jactarse de vivir los ratos de más inspiración y mayor soltura: "el de los íntimos"

En el que sólo unos pocos, podían oír a Antonio Cortés Pantoja, "Chiquetete", desgranar una solea, que no tenía nada que ver con "la conocí en la taberna". Esa faceta, que nada más llega, a los que tienen el privilegio de pasar un rato de juerga con él.

Eso sí, tenía que decirlo, "El Chiquetete" tenía muy mala memoria. Una ocasión en la que un individuo intentó atracarle, Pablo se colocó en medio de los dos, y se deshizo del chorizo en pocos segundos. A continuación, se dieron una bonita fiesta con unas amigas de Pablo, y el artista propuso, que una parte de los gastos fueran para él. El respondería del costo de aquella página, que sólo Pablo podría conseguir a crédito. Sin embargo, el mismo Pablo hubo de satisfacerlo un tiempo después, porque, cuado había que cubrir aquella apuesta, casualmente, el gran cantaor no recordaba nada. Solamente, y de muy vaga manera, el tropiezo con el facineroso. ¡Las cosas de los artistas!