sábado, 18 de junio de 2011

El Real... año sabático


El Real, un pub de Sevilla, sitio donde se reunía al completo la farándula, y lugar que conoció muy bien nuestro protagonista.
Aquí os dejo una pequeña entrega...

Le ofrecieron volver al pub donde había trabajado con anterioridad, en uno de los baches de su matrimonio con Trini. Con el dueño, aún le unía una buena amistad.


El local, famosísimo por aquel entonces, reunía por una parte, a gentes de todo tipo. Y por la otra, a personajes del papel cuché, que acudían en busca de diversiones y "otras cosas".

La década de final de siglo -y de sí misma- hacía debatirse a los noctámbulos, entre tolvanera (de drogas) y despendole (en general). Como si se fuera a acabar el mundo.

En Sevilla, ciudad que era el centro de su vida, la perfumada Dama de Noche -sin dejar de existir- había dado paso a la otra dama: "La Gran Dama Blanca".

Los canutos, para los nuevos cocainómanos, habían quedado obsoletos. Radicales ellos, esgrimían que fumar pitillos, era arcaico.

¡Pobres estúpidos! ¿Cómo se podía borrar de un solo golpe, tantos años de iniciación en los rituales de la droga?

Era absurdo llegar a la cocaína con treinta y muchos años, y no darle su lugar al "porrito". ¿Qué pasaba? ¿Qué habían llegado a la azotea, sin subir las escaleras?

Análogo de inconsecuencia sería, llegar a la democracia con cuarenta, sin contar lo bien que se lo pasaba uno, transgrediendo todas las normas totalitarias e irracionales.

Y ¡muy bien!, aquellos, que no tuvieran nada que contar. Cada uno, es cada uno. Pero el esnobismo.... ¡puafff!. ¡Huele fatal!


De modo que los rituales habían cambiado. La parafernalia del quemado del chocolate, el librillo de papel, y los mecheros pitilleros, habían quedado atrás, para dar paso a los espejos, tarjetas de crédito, y el reciclaje de los cupones de la once, que desde aquello, siempre terminaban en rulo. En su defecto, cualquier superficie seca y plana, no porosa, y el uso de navajas para trabajar el material. Y cualquier cosa cilíndrica con espacio interior, que cupiese por la nariz.

-¿Sabes en que ha terminado el cupón?-solía decir Ángel- ¡En rulo!-se contestaba a sí mismo.

-¿El cupón? -decía Pablo, algo más sutil- ¡Termina en ón... como siempre!

Y Pablo se daba cuenta, cuántas fortunas y libertades, acompañadas de algún que otro hígado y salteados cerebros, se llevaría por delante la puñetera "Dama Blanca".

Y tampoco le faltaba razón cuando decía que estaba inmunizado, porque en su momento, dejó todo aquello sin ningún trauma, o dependencia de cualquier tipo.

                                                                              * * *

Pero antes, debía pasar algún tiempo, navegando entre un "me da lo mismo" y "¿a mí que me importa?" Absoluta indiferencia de los pormenores, y total aprovechamiento de los buenos ratos.

Diversiones, sexo, alcohol y drogas. En el capítulo musical: el flamenco.

Sin hacer ascos al pop ni al rock. ¡No era cuestión de desperdiciar nada! ¡Había que vivir ese momento!

Por sus condiciones personales y de profesión, no fue nunca un camarero a la usanza. Hacía lo que le venía en gana, porque su capacidad, el dominio de las situaciones, y tener sus propios ayudantes, le permitía participar de las fiestas.

Sin perder el control de lo que se servía, se acomodaba como uno más y, ¡ala!; ¡a disfrutar!

Las juergas flamencas se sucedían de forma continua. Amante profundo de este arte, se dio el gustazo de ver y oír a los mejores. Disfrutar del privilegio que supone, estar en el sitio adecuado, en el momento oportuno.

Y en dicho capítulo, -el del disfrute- lo hizo del flamenco más grande que haya dado la historia: "El Changuito".

Flamenco y familia de flamencos, que para constancia, ahí quedan Angelita Vargas, hermana; Luis, casado con ella, y formando "los Biencasaos"; "La Parrandita", esposa de Chango y madre del "Potito", para cerrar el magnífico cuadro.

Enfermo, el pobre, por aquellas fechas, hasta que su hijo "el Potito" logró triunfar, y, como buen hijo también consiguió, sacar a su padre de la terrible plaga.

Que a pesar de haberle corroído las entrañas, nunca agotó su buen vestir, ni su porte de gitano con mucha clase. Su cara, en los momentos de mayor inspiración y entrega, por encima de cualquier mal, era la misma del cristo del Patrocinio. Algunos decían, que el artista que esculpió al "cachorro", había copiado en la cara de él. (Improbable, desde luego, por aquello del tiempo) Pero lo cierto es, que se parecía como una gota de agua a otra.

Parecía imposible que aquella guitarra, con sólo tres cuerdas en las más de ocasiones, pudiera sonar de esa manera. En sus manos, y su rajada y poderosa voz, hacían llorar con una solea.

Imprimía ganas de vivir, arrancándose por bulerías. Cuando rompía su voz, como nadie, rompía también, la tranquilidad de todos los bellos del cuerpo, de aquellos que le escuchaban. Y dando dos o tres pasos de baile por fiesta, dejaba sin ganas de ver otra cosa.

Como persona, para terminar de rematar tanta grandeza, ¡único!. Pedía, para conseguir unos billetes (de los coloraos) y quitarse las migrañas de la maldita enfermedad, siendo capaz al mismo tiempo, de compartir lo "cobrado", para que otro pudiese comerse un bocadillo, o, dejarle para un taxi.

Tan sencillo, que en los escasos momentos de lucidez, cuando Pablo le instaba a que difundiese su arte, demostraba lo grande que era por su tranquila humildad:

-Fu...fu....fui -se agarraba al hablar, el querido Chango- de..de..de.. los pri...primeros que fu... fueron a Japón, Pablito mío. Pe... pe...pero soy así. ¿Qué... que... que le voy a hacer?

Bendito hombre, que no daba importancia, a tanto como llevaba dentro. Porque viviendo tres calles más allá de Pablo, tuvo muchas ocasiones de verle y hablar con él, enfermo y sano, y seguía siendo el mismo.

-Algún dia, debería saberse quien es "el Chango", y que fuera reconocido por todo el mundo del flamenco.-Comentaba una tarde con Antonio "El Marsellés", que era otro de los grandes, y muy buen amigo.

No podía ser que un tio con tantísimo compás en sus venas, estuviese en el anonimato artístico. Un dia oyó a un señor, -autoridad de afición flamenca por demás- cómo le recriminaba por su actitud: "Chango -le decía- nunca te perdonaré, que nos hayas privado de verte triunfar en esto. Y si el mundo supiera de ti, tampoco te perdonaría".

¡Es que en esta tierra de María Santísima, -como decía su padre- no sabemos lo que tenemos! A lo mejor, es que no sabemos venderlo. ¿O es que hay tanto, que lo damos por normal?

Pero Pablo también pensaba, que podía ser, que el verdadero artista; genio de la bohemia y el cante, no diera ningún valor a cuanto encerraba en su arte. Por lo tanto, de los genios solo quedaría aprender. ¡No se puede criticar a un genio!

Pero por muchos pensamientos que tuviera, nada podría cambiar. Sólo disfrutarlo.

Y lo hacía, de lo lindo. Como el día que María Jiménez dejaba salir las mejores notas del "se acabó", en una reunión, acomodada en un saloncito VIP de aquel lugar.

O cuando escuchó y convivió unos cantes por lo bajo, con la inconmensurable Remedios Amaya, que por aquel entonces también andaba algo distraída. Amiga y acompañada de su compadre José Brenes, -que a su vez, era compadre de Camarón- se dejaba ver por aquellos lares muy a menudo.

Y también, cuando don Juan Peña "El Lebrijano", reunido con sus primos, se deleitaba en trasiegos apetecidísimos, y mejores catas. (Aunque los primos de éste, no eran bien recibidos por el dueño del local)

Entre esto y lo otro, aún quedaba tiempo para reírse con los chistes y anécdotas de Juanini, y su inseparable Pepito Gómez, última adquisición de los Marismeños.

Las ocurrencias y sentido del humor de Dani, ex de Ecos de las marismas, reconvertido en ilustre representante por la gracia de su saber.

El señorío y temple -en cualquier momento y lugar- del mejor torero de todos los tiempos, faraón de faraones, Curro Romero. A pesar de que por allí se prodigaba poco, siempre era un placer servirle un Beefeater con naranja.

El arte y las canciones de Curro y Antonio, (Antonio Díaz, íntimo de Carmen Ordóñez, y excelente persona) que no se cortaban a la hora de animar cualquier rato. ¡Vaya dos! Con su bendita canción de "Hay que pena, que yo no canto Macarena, y mi disco no se vende en Nueva York...", y su incombustible capacidad artística y gran cúmulo de anécdotas, alegraban a propios y extraños. Contando andanzas de por esos mundos de dios, de triunfos y sinsabores, y airosas salidas de situaciones imposibles, debido, al enorme ingenio de ambos. Resultaba difícil no apreciarles.

Pudo evaluar, que los mejores momentos de los artistas, no son en los escenarios. Estaba en ese reducido grupo, que puede jactarse de vivir los ratos de más inspiración y mayor soltura: "el de los íntimos"

En el que sólo unos pocos, podían oír a Antonio Cortés Pantoja, "Chiquetete", desgranar una solea, que no tenía nada que ver con "la conocí en la taberna". Esa faceta, que nada más llega, a los que tienen el privilegio de pasar un rato de juerga con él.

Eso sí, tenía que decirlo, "El Chiquetete" tenía muy mala memoria. Una ocasión en la que un individuo intentó atracarle, Pablo se colocó en medio de los dos, y se deshizo del chorizo en pocos segundos. A continuación, se dieron una bonita fiesta con unas amigas de Pablo, y el artista propuso, que una parte de los gastos fueran para él. El respondería del costo de aquella página, que sólo Pablo podría conseguir a crédito. Sin embargo, el mismo Pablo hubo de satisfacerlo un tiempo después, porque, cuado había que cubrir aquella apuesta, casualmente, el gran cantaor no recordaba nada. Solamente, y de muy vaga manera, el tropiezo con el facineroso. ¡Las cosas de los artistas!

No hay comentarios: